Pues aquí va el comento, caro Ascanio:
Por cosas de la vida me corresponde ser el primero en comentar el
Les violes du Ciel et de l'Enfer del cuarteto encabezado por Fahmi Alqhai.
A la escucha de los cortes, di mi voto de aprobación y hace un par de horas pude por fin escuchar el disco. Creo que el debate sobre si la viola suena o no suena como violonchelo se borra ante un disco como éste. También trasciende el encuentro y desencuentro entre escuelas: si Ghielmi, si Pandolfo. Trasciende, porque Alqhai es ya un artista consumado. Y no sólo eso, sino un músico que tiene algo que decir y que (es algo muy notorio) le sale del alma. Esto, en los tiempos que corren, sería ya suficiente elogio.
Pero Alqhai, Alqhai, Rincón en la tiorba y la guitarra, y Martínez Molina en el clavecín (porque son cuatro y forman un genuino cuarteto y no una viola y tres continuistas) van mucho más allá. No creo que artistas capaces de este logro desconozcan los manuales de la época. Tampoco jugan irresponsablemente con el texto. Hacen algo más difícil: hacen música actual, viviente, con todo el rigor necesario. En suma: el cuarteto sabe lo que hace, eso es evidente.
Detallar cada pieza sería engorroso.
Les violes du Ciel et de l'Enfer fascina de extremo a extremo: la corta o nula duración de las pausas contribuye a ese efecto, nos acerca a un recital en directo, nos hace olvidar que se trata de un disco. El cuarteto, hábilmente, nos conduce inadvertidamente de Marais el celestial al diabólico Forqueray y nos convencen de que, en realidad, son lo mismo.
El dominio de Alqhai se nos muestra, sin ambages, en las pistas 4: «La Réveuse» (Marais), con su juiciosa fragmentación de las frases; 5: «Le Tourbillon» (ídem), verdadero torbellino calculado al extremo; 12: «Jupiter», que en manos menos diestras se perdería en el funambulismo o en el cuadro rígido, mientras que aquí ambas dimensiones se confunden. Y los ejemplos no se detienen allí (nobleza de la «Sarabande grave», pista 6, Marais; exceso controlado de «La Rameau», pista 9, Forqueray), etcétera. Y en todo momento, el diálogo entre los cuatro músicos, las aleaciones más felices (¡las dos violas!), la vivacidad, el contraste.
Pero lo más admirable es la sinceridad, el rigor y la espontaneidad que hacen de éste un disco mayor.
Dos reparos: se echa de menos la descripción de los instrumentos empleados. Y otro de mayor monta: luego de «Jupiter», en verdad la Chacona (espléndida) de Marais palidece un tanto. ¿Fue una concesión? ¿Era demasiado audaz concluir el disco con «Jupiter», pieza bizarra si las hay? Quizá una pausa más prolongada hubiese evitado este, que para mí, un ligero anticlímax.
Nuestro amigo Johann Sebastian, sin duda, moderará estos entusiasmos.
De adquisición absolutamente indispensable.
¡Y felicitaciones sinceras al amigo Simpson!
cornodibasetto
_________________
la luz artificial, con débil proyección...