Un hombre, en la antigua China, salía todas las tardes a pescar al río cercano. Llevaba una botella de vino y un vaso, y la pasaba bien, lejos por unas horas de su amada pero gruñona esposa.
Tenía este hombre la costumbre de escanciar un poco de vino en las aguas del río: "Solo estoy tranquilo. Pero siquiera que el buen espíritu del río comparta de este vino".
Cierto día se le acercó un joven vestido de blanco. No tardaron en hacer conversación y menos tardó en surgir la amistad.
Pasaban los meses.
Una tarde cualquiera, el joven vestido de blanco llegço, como de costumbre. Bebieron el vino acostumbrado, pero el muchacho estaba compungido, lacónico.
El hombre le pregunta por sus motivos. El joven le responde: "Dos motivos tengo. Como habrás supuesto, soy un fantasma".
El hombre: "Puede ser, pero por encima de todo eres mi amigo. ¿Qué más te aflige?".
El muchacho: "Soy el simple espíritu del río. Morí ahogado aquí y tus ofrendas diarias de vino me agradaron y por eso te busqué. Pero estoy triste, pues debo partir".
El hombre: "..."
El joven: "Mañana morirá aquí una mujer, madre de varios hijos pequeños. Entonces, ella me reemplazará y mis servicios serán recompensados módicamente como deidad tutelar de una provincia pobre y lejana. Nuestra amistad acabará y además esos pequeños quedarán sin madre".
El hombre: "Me llenas de dolor el corazón, pero serás feliz en tu nuevo cargo, amigo".
Y se despidieron con un abrazo y más vino. Como es natural, la esposa nada sabía de esta historia.
A la tarde siguiente, el hombre regresó al lugar de siempre. Y allí estaba su amigo, esperándolo.
El hombre: ¨¿Qué haces aquí, amigo?"
El joven vestido de blanco: "Preferí salvar a la mujer de ahogarse y seguir acá en mi modesto cargo. Sus hijos la necesitaban. Y me hacía falta nuestra amistad. Pero los seres supremos han decidido otra cosa: por mi buena acción, de todos modos seré promovido al cargo de deidad tutelar en esa lejana provincia".
El hombre: "Me felicito por ti, amigo."
El joven: "Sí. Me marcho ya, pero prométeme que peregrinarás hasta aquella provincia y me visitarás".
Hecho el voto, los amigos se despidieron, para siempre.
El hombre contó todo esto a su esposa y ella con burla le dice: "¡Necio, tú, que a tu edad crees en fantasmas!". El hombre nada dijo y se alistó a emprender el largo viaje. Vendió lo poco que tenía, para mayor furia de su mujer.
Muchas peripecias atravesó. Fue asaltado. Él también mendigó y caminó demasiado, para cumplir la promesa.
Al llegar a las fronteras de la provincia, en un pequeño adoratorio, vio la imagen inmóvil del que fuera su querido amigo, hoy divinidad. Y su corazón se conmovió, pues aquél no podía ya hablarle.
Andaba resignado, pero, al entrar en la capital, una muchedumbre lo recibía con viandas, ropas finas y música. "Todos aquí hemos tenido el mismo sueño: nuestro dios tutelar nos anunció que hoy llegarías y nos pidió que te recibamos como a un amigo".
El hombre pasó buenos y muy cómodos días allá. Hasta que hubo de retornar a casa. Los habitantes lo colmaron de provisiones y regalos. Pero algo le entristecía hondamente: que el rostro de su amigo aparecía en los altares y en los bultos, pero siempre silencioso e inerte.
Agradeció a los pobladores por la hospitalidad y los lujos. Y escondió una lágrima. Pero había cumplido la promesa y, de todos modos, su amigo no lo había olvidado.
Existe la costumbre en China de acompañar al visitante que se marcha durante algun trecho del camino.
Pues el hombre, entristecido, se conformó con las atenciones. Su mujer lo esperaba en casa.
Pero he aquí que no hubo quien lo acompañara a andar el trecho acostumbrado.
Nadie. Sólo un terrible y benigno viento huracanado, que lo rozaba sin tocarlo mientras caminaba hasta la frontera.
La maravilla fue general.
No así para el hombre, que sabía que ese viento era su amigo.
Para ustedes, forenses.
Y para usted, AMV, con especial cariño.
cornodibasetto
_________________
la luz artificial, con débil proyección...